chert.JPG (4105 bytes) CHERT.

Como introducción a la colaboración elaborada por el compañero Cayetano Gómez-Peris, nos permitimos hacer una escueta presentación de la localidad conde la ubica Chert es un municipio situado en la cuenca alta de la Rambla de Cervera la cual cruza de O a E, sirviendo de límite con San Mateo.

El origen de la actual villa es musulmán. Estuvo integrada en el Castillo de Cervera, que pasó a poder de los cristianos en 1233, tomando posesión del mismo el maestre de la orden del Hospital, por anterior donación de Ramón Berenguer IV, respetada por Jaime I.

En 1235 el Maestre otorgó carta de población. En 1319 a la orden de Montesa.

Encaramado en lo alto del monte se encuentra la iglesia parroquial, de la que tan orgullosos están los "xertolins" y que desde los primeros años de dominio cristiano se comenzó a edificar. Su fábrica ha pasado por varias etapas de ejecución, si contamos con que a finales del XIV ya se documentan obras. En el siglo XV se construyó la portada gótica, cuya tradición románica ha dejado su huella y, en el siglo XVIII se produjo la reconstrucción total de su estructura interna. Lo más destacable de este templo es la portada, muy sobria, con dos grupos de columnas unidas entre sí por las arquivoltas apuntadas y los capiteles decorados con motivos florales de alto relieve.

Gran enciclopedia de la Región Valenciana. 1973.
Castelló poble a poble - 2. (Mediterráneo - El diario de Castellón)

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SEGARRA, EL FABRICANTE DE AGUARDIENTES DE CHERT

Dr. Cayetano Gómez-Peris

Cuentan los manuales que toda cata, como ceremonia que es, requiere una preparación mental previa, para comenzar, transcurrida ésta, con una inspección general. Dicho y hecho, pues, se inicia su particular periplo el visitante y, tras una angosta entrada a contraluz, aparece ante él, envuelta en una suave penumbra que acaricia su pupila, la antesala de la bodega. Es la calidez del negocio que comparte tiempo y espacio con la propia vivienda. Botellas de vidrio, estantes, máquinas salidas de otros siglos y la presencia, rotunda y siempre acogedora, de los Segarra, componen el preludio a la bodega propiamente dicha.

Ante el visitante aparece la figura de Julián Segarra. Bodeguero, viticultor, químico, es Segarra el prototipo de hombre que ama su tierra y permanece fiel a ella; que la abandona para formarse, pero regresa para hacerla trabajar y rendir. A este enamorado del campo se le ilumina el rostro cuando habla de sus viñas, que más que constituir la base de una empresa, parecen formar parte de su propia persona.

La siguiente fase de la cata, de acuerdo con el manual, es la observación atenta, el placer de los ojos. Atravesando un umbral se abre, en su esplendor, la bodega. Se suceden en ella filas perfectamente alineadas de viejos toneles, el horno de leña, el alambique... todos ellos rodeados por la penumbra y la humedad características de estos ambientes. Mientras el visitante intenta salir de su asombro admirado y no acierta dónde fijar la vista, Julián Segarra va tejiendo un discurso místico y misterioso acerca de sus secretos, en el que le hace partícipe, aunque sea por un momento, de su vieja tradición. Hombre de enciclopédica elocuencia, va desgranando su explicación y, al tiempo, variando el discurso según las reacciones del interlocutor. Así, la conversación, sin perder jamás el hilo principal, se desliza suavemente sobre la historia, la toponimia, la mecánica y tantos aspectos como el que escucha está dispuesto a sugerir.

Tras las palabras, el comienzo de la acción. En consecuencia, y siguiendo con la cata, la etapa siguiente comprende el goce del olfato. Los toneles, explica Segarra, donde a lo largo de años y años se va criando el brandy mediante la pausada y perfecta combinación de las moléculas, donde adquiere ese color de caramelo y esa suavidad al paladar, contuvieron vino. Vino, ni que decir tiene, de su propia cosecha. Y es ese olor a vino, a madera vieja, a humedad, a bodega con solera en definitiva, el que flota en el aire. Pero Segarra no fabrica brandies únicamente, su gama de licores y destilados, que él muestra con orgullo, es mucho mayor. Así, junto a los aromas anteriormente descritos, aparecen los del anís, el enebro, el café, la menta, el ajenjo y un largo etcétera que acaban por aturdir la nariz del confundido visitante.

Sin prisa pero sin pausa, tras el olfato, el manual ordena ejercitar el palacio del gusto. Por lo tanto, después de un tiempo cuidadosamente calculado de retórica y teórica, Segarra decide que ha llegado la hora de dejar probar a su invitado una pequeña parte de sus tesoros. La marca de la casa, el canon, aquello por lo que Segarra es conocido, son sus brandies. La cata, llevada con maestría, comienza por el Especial, un año de crianza y 2400 pts. por un litro.Como hará posteriormente con los demás, el visitante toma una pequeña cantidad de líquido, moja con ella las papilas de su lengua, posteriomente la calienta en la boca y expeliendo aire lentamente por la naríz aprecia su perfume. La primera impresión es suave, ciertamente, si lo comparamos con sus equivalentes en el mercado, aunque el final acaba por resultar algo áspero. Continúa la cata con el Extra (7 años y 5.000 pts.) y culmina con el Superior (15 años y 12.000 pts.), infinitamente más suave, intenso en su aroma y su percepción: en un primer momento aturde al catador para, posteriormente y una vez se ha acostumbrado, cautivarlo con su aroma de madera y su paladar, tan rotundo como fino.

El visitante no llega a catarlos, pero sabe que Segarra atesora tres brandies más. El Añejo, 35 años de crianza y 43.500 pts. por 70 cl., El Solera, 55 años y 100.000 pts. por la misma cantidad y, finalmente, el Gran Maestre, crianza desde 1921 (hagan ustedes la resta), procedente de las bodegas que fueron del Conde de Pestagua y que él vende a 322.000 pts. los 70 cl. Todos los precios, por supuesto, más IVA.

Posteriormente el avieso visitante prueba también la absenta y el anís dulce, así como otros licores que, conmocionado como ya se encuentra, olvida, aunque en su memoria queda, sobre todo, el aroma y el sabor del Superior.

Finalmente, el manual cuenta que toda cata debe acabar recordando y sentenciando. Ha sido un día de sensaciones olfativas, gustativas y visuales intensas. El visitante decide sentarse en un ambiente agradable y conocido, bajo una luz tenue, con una ambientación musical adecuada, lejos de olores o sensaciones estridentes a reflexionar sobre lo que ha visto y rescatar de la memoria aquellos recuerdos de los aromas y los sabores de otros brandies para comparar y, seguidamente, erigido en juez, sentenciar.

Llegados a este punto el visitante no puede sino concluir que la unión de tradición y modernidad conduce a la obtención de brandies y licores que poseen la esencia de lo antiguo y la calidad de lo moderno. En esta línea Julián Segarra, el último y único destilador artesano del Maestrazgo como él mismo se autodenomina, es una esperanzadora excepción a la monotonía que en cuestión de vinos y licores va invadiendo nuestras comarcas. Sus productos son la demostración de que se puede salir de la mediocridad sin salir de Castellón, de que no es necesario ser de Jerez para hacer buen brandy y de que lo único que se necesita para obtener excelentes resultados es materia prima de calidad, así como ganas y conocimientos para hacer las cosas bien. Si se deciden a seguir el manual de catas, prueben con el Brandy Segarra, eso sí, siempre con moderación. Estoy convencido de que no les defraudará.

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