VINOS DE CASTELLÓN Dr. Cayetano Gómez-Peris El vino está de moda. Es ésta una afirmación que no me atrevería a calificar de positiva o negativa, pero, en cualquier caso, sí de real. Ciertamente, para comprobar su grado de veracidad basta con constatar que, por escaso que sea nuestro interés hacia el tema, diariamente se nos bombardea con información sobre sus más diversos aspectos, al tiempo que a nuestro paso vemos surgir tiendas especializadas cada día más y mejor dotadas, así como cursos de cata que nos prometen, entre otras panaceas, elevarnos a la categoría de expertos sommeliers. Al mismo tiempo, poseer, o al menos aparentar, una mínima cultura vinícola se hace cada vez más necesario en una sociedad, la nuestra, que prima el saber estar por encima del conocimiento real de las cosas. Así sucede, y por poner un ejemplo de situación relativamente habitual, al llegar al restaurante y enfrentarnos con la temida carta de vinos. Pero lo más significativo es que incluso nuestra práctica médica diaria se ve afectada por esta cuestión, al ser muchos los pacientes que preguntan si el vino es o no cardiosaludable. Es precisamente la necesidad de responder a esas preguntas con conocimiento de causa la que impulsa la escritura del presente artículo. La recomendación o no de un consumo responsable de vino entre nuestros pacientes puede verse sensiblemente condicionada por informaciones tales como que la evolución de la producción actual de vino en nuestro país muestra, afortunadamente, una tendencia a abandonar el granel para orientarse hacia el embotellado de vinos de calidad. La mejora que esta tendencia, constatable en la práctica totalidad de las denominaciones de origen españolas, supone para los caldos que se ofrecen al consumidor, contrasta con el dato, no menos cierto, de que el consumo de vino presentaba hasta hace muy poco una franca recesión en favor del de otros alcoholes, fundamentalmente cerveza y todo tipo de destilados o licores, notablemente más perjudiciales para la salud y, por lo tanto, menos recomendables desde un punto de vista médico. No obstante, debemos reseñar que actualmente se aprecia una recuperación en España del índice de consumo de vino, aunque aún estemos muy lejos de los aproximadamente 70 litros por persona y año que se consumen en Francia o Italia, los otros grandes productores europeos. Es en esta línea de avance antes apuntada en la que cabe situar la reciente creación en España de numerosas denominaciones de origen que han contribuido notablemente al cambio experimentado en nuestra cultura vinícola. Lo que hasta hace poco se limitaba a ser vino de Rioja o vino de garrafa ha superado esa dicotomía limitadora y ha procedido a diversificarse en un número sensiblemente mayor de etiquetas vinícolas, todas ellas de calidad. Como consecuencia, hoy son mayoría las bodegas y cooperativas que han comprendido, y observado en sus resultados económicos, que es más rentable la calidad que la cantidad. Una vez situados dentro del contexto al alza observable en el ámbito del sector vinícola nacional, cabría preguntarse qué está pasando en el área de Castellón. La respuesta, desgraciadamente, no es muy halagüeña; a continuación intentaremos ver el porqué de esa situación. Si hacemos un poco de historia vemos que estas tierras, como corresponde a toda la zona mediterránea, han sido productoras de buenos vinos. Basta con bucear un poco en los libros, que no en la actualidad, para encontrar el vino Carlón (o Carló), producido en Benicarló y muy apreciado en su época, junto a ese otro gran vino valenciano que fue, y es, el Fondillón, por las flotas europeas, pues con ellos combatían el temible escorbuto. Avanzando más en el tiempo y acercándonos al momento actual, diremos que Castellón, como el resto de viñas españolas, se benefició a principios de siglo de la gran epidemia de filoxera que arrasó Francia, convirtiendo a España en el gran abastecedor de vino de nuestros vecinos. Desde entonces, y a lo largo del presente siglo, la producción de vino en Castellón se resume en dos palabras: lenta decadencia. Debemos preguntarnos acerca de las causas de tal agonía, ya que los datos objetivos apuntarían hacia una realidad bien distinta, puesto que la provincia de Castellón, gracias a su climatología y tipo de terreno, presenta buenas condiciones para el cultivo de la vid, tanto en las zonas costeras como en aquéllas más montañosas, las del interior. En cambio, es la única de las tres provincias de la Comunidad Valenciana que no posee una denominación de origen, lo cual provoca que sus vinos, al no presentar una marca de calidad que los avale, tropiecen con un obstáculo muy importante a la hora de comercializarse, tanto a nivel español como europeo. Tras esta penosa situación, y al tiempo como consecuencia de ella, está el hecho de que el cultivo de la vid en nuestras tierras se ha ido abandonando poco a poco. Las razones de tal abandono son diversas. Sin pretensión de ser exhaustivos, se podrían citar dos causas principales: la existencia de otros cultivos y actividades más rentables, sobre todo en la costa, y la persistencia de vides con pie híbrido, el cual da vinos desaconsejados para el consumo humano y, por lo tanto, imposibilitados para ser acogidos bajo una denominación de origen. Así pues, actualmente son pocas las bodegas o cooperativas que se dedican a la producción regular en la provincia de Castellón. Entre ellas, y por citar dos ejemplos, las de Vilafamés y Sant Mateu, productoras de un vino comercializado en su mayor parte de manera minorista y a nivel local a través de la propia bodega. Aún pecando de pesimistas, debemos apuntar que cualquier solución a esta situación es complicada, sobre todo mientras al agricultor le resulte más rentable cobrar las ayudas de la Unión Europea por arrancar sus vides que mantenerlas en producción. Al igual que se ha hecho en otras zonas españolas -como el Somontano de Huesca, por ejemplo- para remontar tan desolador panorama es necesario plantar vides de calidad que, amparadas bajo un consejo regulador, produzcan vinos homologables al resto de los españoles y europeos. Únicamente bajo una marca de calidad conseguiremos introducir nuestros vinos en un mercado cada día más competitivo. El reto es importante. Me daré por satisfecho si estas reflexiones sirven, más que como información, como llamada de atención sobre una parte de nuestro patrimonio que desaparece lentamente y que, desde nuestra condición de profesionales de la Medicina, aunque no sólo desde ella, podemos y debemos contribuir a mantener viva. |