DR. JOSÉ ANTONIO DOMINGO
Las gotas resbalaban por las tejas basta llegar la borde de la última, donde frenaban su alocada carrera para admirar lo que desde alli se veía. Pero poco les duraba el descanso, pues sus impacientes compañeras venían metiendo prisa y se agolpaban tras ellas queriendo también mirar. De este modo las primeras en llegar no tardaron mucho en ser las primeras en caer. Cualquier observador neutral no hubiera dejado de extrañarse ante tal disputa por tal mirador, si supiera que la vista no era más que un triste callejón oscuro, iluminado solo por unos rayos de luz incierta, que escapaban por rendijas y resquicios de puertas y ventanas que a la calleja daban. Triste, sucio, lleno de barro y con dos regueros de agua, uno a cada lado, donde iban a caer las gotas traicionadas por sus amigas.
Esquivándolas, deprisa por el callejón, dos mujeres pasaron como dos sombras en la noche. Se dirigían hacia la taberna.
El vaso rodaba entre las manos de Marcial. Hacia ya rato que jugaba con los restos de vino en el fondo, rodeando a veces, atravesando otras, una pequeña palabra grabada en él: "IDuralex". La primera vez que había oído hablar de esa marca fue en uno de esos anuncios de la tele, cuando la compraron hace ya tiempo la Mila y él, el año que ganaron unos duros en la lotería para la Navidad. Una en blanco y negro. Aún recordaban la gran emoción que tenían al ir a comprarla.Y luego colocar la antena en el teja-do; cómo se divirtieron. Y conectaría, una línea primero, luego una imagen que poco a poco se hacía nítida, y allí estaba un señor hablándoles de algo que no entendían. Sí señor, aquellos fueron buenos tiempos; quizás los únicos.
Pidió que llenaran de nuevo el vaso y se acomodó de espaldas a la barra mirando a su alrededor. El local no había cambiado mucho desde que lo abrió Juan, cambiando la azada por la bandeja. No fue mal negocio, no. Eso sí, ahora había más mugre en las paredes y mesas. Y la barra, pegajosa, llena de marcas. Ya enseguida de abrir el local, una especie de humo se adueñó de las alturas y se quedó siempre allí. Decían que era del tabaco, pero él creía que era la cocina que no tiraba bien y se quedaba dentro el humo que debía salir... Sí, buen negocio, debía haber entrado en la sociedad cuando se lo propusieron, pero entonces el río bajaba lleno y limpio, y la pesca de cangrejos y otros animales se le daba bien. Incluso de vez en cuando cazaba alguna rata de agua. Eso es lo que le gustaba, y no le apetecía meterse en otros negocios de los que no sabia nada. Luego vino la sequía y la fábrica que mataron el río, y se acabó lo bueno.
Cogió el vaso, sc lo llevó a la boca y lo apuró. Fuera continuaba lloviendo. Dentro, a su lado, se hallaban varios hombres hablando en voz baja como no queriendo molestar, o no quer'íendo ser oídos por los demás, aunque el tema dc la conversación no tenía más secreto que el de las lluvias y los campos. Para él también era bueno, pues el río bajaba más lleno y las criaturas que habitaban en él parecían revivir un poco; después de todo él vivía de esas criaturas, como ellas del río.
Uno de ellos, el tullido, era su primo Marcos . A su lado, apoyado en la barra estaba su garrote, nudoso, retorcido como un alma en los infiernos, eterno compañero suyo desde que el carro del tío Fede, el del molino, pasó sobre su pierna destrozando aquella carne joven y fuerte. Sal vó la pierna pero quedó cojo. "Aún le daba dentera cuando lo recordaba". A Marcos le había quedado una mirada profunda y sin vida desde entonces, pero penetrante y fuerte, que a él le inquietaba, pues se le antojaba que le leía el pensamiento y que le sometía a su voluntad.
Volvió a girarse. Se apoyó. Ya tenía el vaso lleno de nuevo y lo volvió a apurar. Un reloj cuadrado colgado de la pared, con cara de una joven rubia sonriendo y con la eterna botella de Coca-Cola cerca de los labios, decolorada ya por cl tiempo y la grasa, señalaba las diez menos cuarto. Tarde, era hora de irse.
La puerta gimió levemente y aparecieron las dos mujeres. Una de ellas se le acercó tras buscarle con la mirada, mientras la otra perinaneció junto a la puerta en silencio, mirando al suelo. Alguna cabeza se giró a mirarlas, pero luego actuó cada cual en lo suyo sin prestarles más atención.
Marcial -era la Mila- . Anda Marcial, vente a casa ya, es tarde . Marcial siguió vuelto hacia la barra. No le contestó.
Marcial, várnonos ya, tengo la cena preparada. ¿No te gustaría tomarla calenfita? Hace mucho que no cenamos juntos.
- "Era verdad. De un tiempo a esta parte llegaba a casa cuando la Mila ya estaba durmiendo y no podía dar ninguna razón lógica de por qué lo hacía".
¡ Déjame en paz ¡ - le gritó - ¡ Vete de aquí ¡ Te he dicho cientos de veces que no vengas a buscarme, y menos aquí. -Dio un paso hacía ella. Las venas del cuelío se hinchaban una y otra vez según hablaba, y las cejas fruncidas se repetían en la frente. Le hervía la sangre, pero a la vez se estaba preguntando por qué estaba contestándole así, sin motivo, si no estaba sintiendo lo que decía.
Vete a casa ¡ que luego hablaremos a solas - seguía gritándole.
La gente había callado y todos mira-han hacía ellos. La mujer de la puerta retrocedió imperceptiblemente. La Mila le'nitaba con los ojos muy abiertos, sin comprender a qué santo estaba sucediendo aquello.
- Calla Marcial, no grites. Ven a casa ya. lías bebido demasiado y no....
No terminó la frase cuando Marcial saltó como un animal herido al oír aquello.
¡Ah! , ¡Zorra! - y cogiendo el garrote de su primo Marcos, y antes que nadie reaccionara se abalanzó sobre ella gritándole a la vez que la golpeaba.
Tenias que decirlo. ¡Zorra! . Te da vergüenza que beba, ¿verdad?. No te gusta ¿eh? - ¡Pues no soy ningún borracho! ¿Me oyes?.
Y el bastón subía y bajaba cortando el denso aire una y otra vez, golpeando ahora en un hombro, ahora en la espalda,la cabeza...
| La Mila se protegía con las manos y retrocedía
hacia la puerta gritando de dolor. Varios hombres se levantaron de las mesas pero no
hicieron más. Bajaba ya el siguiente golpe, cuando una mano cogió la muñeca de Marcial con fuerza, la detuvo y dobló con facilidad haciendo caer el bastón. Era su primo Marcos Vamos, Marcial, déjalo ya. No te ha dicho nada para que te pongas así. Sólo quiere que le acompañes a casa. Su primo Marcos le miraba fijamente. Esos ojos que a él tanto le amedrentaban. No tuvo fuerza para replicarle nada, bajó la vista, buscó unas monedas en el bolsillo del chaquetón de pana y las dejó sobre la barra |
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Mientras tanto la Mila y su acompañante habían dejado la taberna, ella llorando, con un pequeño hilillo desangre cayéndole por el rostro y una mano en el costado; la otra soltando maldiciones e insultando a todas las generaciones de Marcial.
Marcial no sabía que hacer. Su primo recogió el garrote del suelo y se juntó con los suyos sin dejar de mirarle.
Buenas noches - musitó Marcial y salió de1 lugar, a la vez que se levantó un murmullo a sus espaldas. Fuera hacía frío y la lluvia caía con más fuerza. Del bolsillo sacó un gorro de lana y se lo calo bien hondo. Miró a un lado y a otro, pero a las mujeres ya no se las veía. Echó a andar cuesta arriba.
?Que era todo aquello? ¿Que le había pasado? Si él ya se iba a casa. Ni siquiera tenía más dinero para pagarse otra copa. Lo más sensato y normal hubiera sido irse con ella, y nada hubiera pasado. Pero ¿por qué le había pegado?. Si él la quería desde aquel día en que estando cerca del río, ella vino corriendo y se protegió en él de Salvador, el loco, que la perseguía entre los huertos de la vega, hacía ya la tira de años. Aquel día, tras pegarle un grito a Salvador, se quedaron los dos mirándose un rato a los ojos en silencio, hasta que ella le dio tímidamente las gracias, y con mucha prisa se volvió hacia el huerto. Fue entonces, cuando al coger las cestas llenas de cangrejos, decidió que la Mila era una chica lo suficientemente buena y bonita para ser su mujer".
Había llegado a la Plaza Mayor. Enfrente estaba el portón de la Iglesia. Se dirigió allí y se resguardó de la lluvia, que arreciaba cada vez más. Una sombra pasó apresuradamente y susurró un seco "buenas noches nos dé ' Dios", al que no contestó.
"Dios sabía lo mucho que quería a la Mila". Pero Dios se había llevado a su hijo a los pocos días de nacer, y casi a ella, pero por fin la dejó en el mundo con él.
Luego el médico les dijo que no podrían tener otro hijo. Fue entonces cuando él dejó de ir a misa. Si Dios no quiere darme un hijo, no tengo por qué ir ~ su casa decía con rabia. Y ahora estaba a~ protegiéndose del agua en la Iglesia. Era curioso, pero allí estaba a solas en la oscuridad, en un lugar que no pisaba hacía mucho. Quizás el destino lo había llevado allí para reconciliarse con Dios y... con Mila". Intentó abrir el portalón, pero estaba cerrado. "Vaya, para una vez que quiero no se puede entrar", Alzó la vista y buscó hasta encontrar la imagen pequeña de un santo, No sabia cual era, pero tampoco le importaba; mirándole fijamente musitó algo parecido a una oración. "Ojalá no fuera tarde. Después de todo había seguido rezándole a la Virgen de los Angeles en los momentos de apuro durante todo este tiempo". ¡ El enfado era solo con Dios
Rabia dejado de llover.
Marchó por uno de los laterales de la Iglesia, y se metió en la primera bocacalle.
"Pero siempre se habían llevado bien. Él la quería muchísimo y empezaba a dolerle cada golpe que le había dado. Tenia que pedirle perdón, le daría un beso y le prometería que no volvería a la taberna. Mañana era sábado: irían al cine. Todo volvería a ser como al principio. Olvidarían lo de esta noche. Seguro que la Mila le perdonaría, pues estaba seguro que ella le quería. Las cosas mejorarían, sobre todo ahora que la fábrica ya no ensuciaba el río y la pesca aumentaba".
Llegó a casa. No habla luces. Entró y a tientas llegó a la cocina, donde dio la luz. Estaba todo ordenado. Los cacharros amontonados junto a la pila. La mesa en frente y las dos sillas contra la pared. No se oía nada. La Mila se debía haber acostado, quizás dormía ya. Decidió que mañana harían las paces.
Estuvo buscando algo largo rato, en la despensa, en los pucheros, pero no lo encontró.
Empezó a hervirle la sangre. "Cada vez abría con más brusquedad y ruido recipientes y alacenas, hasta que no aguantó más y gritó: ¿Donde está mi cena Mila?. ¡ Me cago en todo ¡ . ¡ Ven a hacérmela enseguida, si no quieres que me enfade ¡ ¡ Me oyes ¡ ¡Qué vengas, zorra
Pero nadie contestó. Ni un sólo ruido. Mila le había dejado.