Egipto: No solo Dioses, faraones y tumbas
Yo no viajo para llegar a ningún sitio. Lo hago tan solo por el placer de ir.
R.L. Estevenson
Dioses, faraones y tumbas, presiden en todo momento la visita de cualquier turista en Egipto; son la carta de presentación. Amantes de la cultura, buscadores de clviiizaciones pasadas, turistas y viajeros en general, visitan, generalmente bajo un sol implacable, los templos, pirámides y tumbas del antiguo Egipto.
No voy a comentar el asombro que produce la visita de estos monumentos los cuales vienen profusamente detallados en guías y libros, vamos a entrar en el otro Egipto, en el otro Cairo, y éste no se puede comprender sin patearlo, sin circular por calles, zocos, barrios. El Cairo es sin duda algo más que las Pirámides y el Museo. Es una ciudad fascinantes, con 14 millones de habitantes (dicen censados),
con grandiosos edificios y bazares repletos de gente, algarabía de bicicletas, coches que no cesan de tocar el claxon, hombres y niños llevando sobre sus hombros o cabezas grandes fardos, carromatos cargados arrastrados a duras penas por un pequeño burrito y... color, olor, calor. Las calles de El Cairo, en sus anchas avenidas, en las más estrechas del bazar o en las asombrosas callejuelas de la "ciudad de los Muertos", son de un bullicio ensordecedor desde que amanece hasta bien entrada la noche. Los coches, autobuses, motos, se suceden, pasan a tu lado sorteándose unos a otros.
A medida que penetras en el bazar de El Cairo, de Asuan o de cualquier otra ciudad, los olores crecen: mercado de frutas, verduras, carne, pescado, especias, sobre todo especias, ordenadamente dispuestas en montoncitos sigues caminando y los olores quedan sustituidos por los perfumes, las distintas fragancias que con tanto arte preparan los egipcios.
A medida que avanza la noche la zona de bazares aumenta en vibraciones, timbrazos de las bicis, vendedores que gritan: "¿española? Hola, hola coca-cola"; ven, sólo mirar; no comprar..."
Para empaparte del ambiente se ha de ir sin prisas y si puedes, sentarte en uno de los múltiples cafetines y tomar un té o fumar un narguile (pipa de agua) o, simplemente, mirar, estar y oír,
Egipto es también y primordialmente el Nilo, sin él tal vez no hubiera existido. El Nilo que transcurre siempre plácidamente y por el que se puede navegar en un navio de cinco estrellas lleno de turistas o en faluca, primitiva embarcación que transcurre acompañada de la brisa y la gran vela. En cualquier caso, la experiencia es placentera.
Amanece temprano, antes de la seis y dejar pasar el tiempo. enseguida la luminosidad es agresiva, el sol luce siempre con esplendor asombroso destacando las tonalidades verdes en contraste con los ocres del desierto que lo bordea.
| Y para descansar del bullicio de las ciudades, se ofrece al turista o viajero, amante del mar y la tranquilidad, descansar unos días en Hurgada, en el Mar Rojo y hacia allá fuimos desde Luxor, cuatro horas por un primer tramo de carretera flanqueada por un canal y bordeada de casitas de adobe en las que cuesta pensar que vivan gentes. Niños muy menudos todavía trabajando la tierra con un sistema de arado primitivo y el pequeño burrito con el hombre a sus lomos llevado en ocasiones del ronzal por su mujer. Estas son sus estructuras casi medievales. Este es el contraste brutal con los hoteles y cruceros de lujo que albergan año tras año a unos turistas más o menos ávidos de intere~arse en una cultura bien distinta a la suya. La información histórico-arqueológica transmitida generalmente por unos guías bien preparados, en visitas relámpago, bajo un sol tórrido, ignoro yo la huella que dejará ¿qué nos llevamos en nuestra maleta? ¿Un bagaje de conocimientos de cómo vivían, de la cultura y la ciencia desarrollada hace tres mil años, o también cómo son, cómo viven o piensan o sufren los actuales descendientes de los faraones |
Siempre aprendemos algo nuevo en un viaje. Hace trece años viajé 15 días a Egipto y prometí volver. En aquella ocasión, al regreso, me preguntó un amigo sobre mi impresión o mi impacto del viaje. Le contesté "fascinante". Lo que había visto, leído o estudiado en libros se presentaba ante mis ojos increiblemente monumental, pero "lo más fascinante no sólo es donde vas, -le dije-, lo que ves, sino la posibilidad de conocer a personas, su cultura, su vida, su calidad humana y su calidez". |
La novedad y el regalo final de esta mi segunda visita al Egipto de los faraones y las tumbas, fue poder asistir al espléndido espectáculo de la representación de Alda, en una fresca noche frente a las pirámides de Cizhé y con una puesta en escena excepcional. Creo que, en muchas personas, en mi, por supuesto, las ansias de viajar no son más que la resistencia a aceptar la rutina de nuestro mundo o la vulgaridad de nuestro quehacer diario y, aunque ya no quede ningún rincón virgen por descubrir, por pisar, en cualquier lugar se pueden vivir y encontrar sorpresas, aventuras y sueños para seguir soñando en ver, vivir, experimentar; conocer lugares, personas y situaciones. Carmina Iturralde Pachés |